De vez en vez nuestro pueblo suele elegir gobiernos liberales munido de una esperanza que no condice con experiencias del pasado reciente. Quizás quienes tenemos la obligación profesional de alertar acerca de los enormes riesgos que ello trae aparejado, carecemos de herramientas apropiadas para esclarecer.
Partamos de la base de que el liberalismo nos lleva inexorablemente a aplicaciones librecambistas. Estás tienden a relajar la administración del comercio exterior facilitando el ingreso de productos extranjeros. Este relajamiento suele ser acompañado por retrasos en el ajuste del tipo de cambio que encarecen nuestros mercaderías y servicios. Cualquier parecido con la realidad actual es pura casualidad. En efecto el Presidente Milei relajó los controles del comercio exterior al tiempo que la tasa de inflación corrió muy por delante de la tasa de ajuste del tipo de cambio. Ergo nuestro país luce más caro. Ante esta situación y con la finalidad de evitar una avalancha de importaciones quedan dos caminos alternativos:
A) Discontinuar el librecambismo
B) Provocar una enorme recesión, ajuste fiscal mediante, para que la población carezca de recursos para consumir bienes y servicios, entre ellos los de carácter extranjero.
Se suele aplicar la segunda opción hasta el límite de exacerbar los riesgos de estallido social. Para aminorarlos se suele relajar el ajuste fiscal acudiendo a la financiación externa. Este camino se aplica ilimitadamente hasta que se recae en una crisis provocada por falta de pago a término de la deuda contraída. El espejo más claro es la crisis del año 2001.
Así las cosas. La nave va sin advertir la presencia del iceberg. El efecto Titanic está en esas oportunidades siempre al acecho
Dr. Juan Latrichano
Centro de estudios monetarios
17/6/24
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